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El poblado salinero

La Almadraba de Monteleva es una pequeña localidad enclavada en el Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar. Su nombre deriva del arte de pesca que practicaban antaño sus habitantes para la captura del atún y que se abandonó definitivamente en 1963. Hoy es más conocida por sus salinas.

Foto: Fachada y banco © CG
 

La actividad salinera en este rincón de Almería se remonta a la época romana. La sal era tan preciada en aquel tiempo que se empleaba como medio de pago –de ahí deriva nuestro “salario”- y era utilizada, por ejemplo, en la fabricación de salazones. A pocos kilómetros, en Torregarcía, se encuentran los restos de una fábrica de salazón romana. En la actualidad, la actividad salinera está prácticamente paralizada. Hoy apenas sobreviven las instalaciones que la familia Acosta remodeló y edificó a principios del siglo pasado, coincidiendo con uno de sus momentos de máximo esplendor. Las “Salinas de Almería”, nombre de la empresa fundada por los Acosta en 1904, integraba las de Cabo de Gata y las de Roquetas de Mar, hoy desaparecidas. Bajo su dirección se impulsaron las instalaciones y se aumentó considerablemente la producción. Ese mismo año de 1904 se comienza la construcción del poblado para los trabajadores, finalizado tres años después. Además, se levantaría un edificio de oficinas, la casa de los propietarios, una pequeña escuela y una iglesia, cuya torre aun hoy se divisa a kilómetros. Motivo de largos litigios que la llevaron a años de abandono y ruina, por fin vuelve a lucir restaurada y consagrada, a la vez que una de sus dependencias proporciona información turística a los visitantes.

Foto: Entre dos luces © CG
 

El poblado ha llegado a nuestros días en bastante buen estado, si bien la presión urbanística de la zona está asfixiando las casitas salineras. Algunas siguen ocupadas por los trabajadores, ya jubilados, a los que se concedió el usufructo de por vida. Su estructura muy simple responde al modelo implantado por el arquitecto almeriense Trinidad Cuartara Casinello (1847-1912), responsable de gran parte del trazado moderno de la capital y diseñador de barrios obreros en su periferia. Son viviendas de una única planta, cubierta plana y fachada característica, ocupada por la puerta de acceso y, a su lado, una ventana (en algunos casos, dos) que responde fielmente a la denominación que recibe esta tipología de casas “puerta-ventana”. También se repiten los banquitos de madera de colores junto a la entrada, que proporcionan descanso y solaz a los vecinos al caer la tarde. Las largas filas de viviendas adosadas se rodearon de un pequeño murete que las protegía de la entrada de arena. Otras construcciones que en su origen se levantaron con otro fin, como un antiguo almacén edificado en madera, han sido reconvertidas también a vivienda.

Foto: Puerta y banco © CG

 

El barrio, otrora rebosante de actividad y ocupación, languidece hoy rodeado por una amenaza que intenta convertir esta barriada salinera en asentamiento para turistas de sol y playa, atraídos por el magnetismo de un lugar bellísimo y, hasta hace unas décadas, desconocido. Sus kilómetros de playa casi virgen y sus espectaculares puestas de sol representan el principal enemigo de esta encantadora barriada que, posiblemente, esté viviendo el final de su historia.

Charo Gómez

* * *

Este trabajo ha sido realizado por la fotógrafa madrileña Charo Gómez y resultó galardonado con el tercer premio en el Certamen de Fotografía sobre Cultura Popular convocado por el Ministerio de Cultura en su edición 2014. Licenciada en Bellas Artes y socia de la Real Sociedad Fotográfica de Madrid, ha encontrado en el Parque su destino preferido para escapar de su rutina urbana y recargar pilas. Lleva fotografiándolo desde hace diez años y prepara un libro combinando imágenes y textos relativos al Cabo de Gata y su entorno.

Foto: Maderas © CG