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Vida natural

Las resistencias a la tecnología

Las innovaciones tecnológicas a lo largo de la historia han sido lentas. Durante miles de años las invenciones y las mejoras en los útiles para cazar o para la agricultura aportaban casi siempre una mejora de la calidad de vida. Los cambios en la manera de vivir y de desplazarse que las nuevas tecnologías aportaban se desarrollaban lentamente en un mundo donde la adaptación era algo natural.

Las primeras resistencias
En la Inglaterra de finales del siglo XVIII y principios del XIX, un nuevo mundo se pone en marcha gracias a la invención de la bomba de calor de James Watt entre 1760 y 1780.
Dos descripciones de Lancashire ponen en evidencia la magnitud del cambio.
“Lancashire en 1780 es una región donde abundan tejedores prósperos y cada uno tiene su casa con su huerto. El trabajo se hace en familia y el algodón proviene de los campos vecinos.”
“En 1814 se pueden contar centenares de fábricas en Manchester escupiendo un humo negro que señala la presencia de máquinas de vapor. El río que discurre al pie de la cuidad es de color negro, cargado de colorantes. Las mulas jennys (nombre de las primeras máquinas de tejer) sólo requieren la presencia de una mujer y dos niños a los que se les paga una miseria. “
En nombre del progreso se introducen máquinas de tejer industriales. Estas máquinas hacían un trabajo de menor calidad que los artesanos cualificados a los que sustituían. Las manejaban obreros sin calificación a los que se les podía pagar menos.
Esta industrialización se lleva a cabo con la resistencia de los tejedores.
Para luchar contra esta proletarización forzada y para conservar sus puestos de trabajo, los artesanos se organizaron en un ejército y destruyeron centenares de máquinas que consideraban causantes de provocar el paro y la pérdida de calidad de los productos. Estas revueltas populares estallan entre 1811 a 1812 bajo la bandera de un personaje mítico, Ned Ludd, un aprendiz que supuestamente habría destruido el telar de su maestro al final del siglo XVIII.
Los seguidores de Ludd fueron acusados de ser unos ignorantes que no sabían apreciar los servicios infinitos que las máquinas les iban a rendir. Se les tachó de ser unos necios que no se daban cuenta de que la industrialización iba a aliviar su carga de trabajo y aportar las riquezas que ellos mismos iban a disfrutar.
En realidad defendían sus puestos de trabajo altamente cualificados que necesitan muchos años de aprendizaje y se oponían a la proletarización de sus fábricas. Con las nuevas máquinas cualquier cazurro con dos dedos de frente podía realizar un trabajo que se podía vender mucho más barato aunque fuera de peor calidad.
Al final, la acción luddita se saldó con una fuerte represión, quince ludditas muertos, trece enviados a prisión a Australia y catorce ahorcados. El movimiento adquirió tal magnitud que el Estado inglés armó un ejército compuesto por 12 mil soldados para perseguir a los ludditas (Renán Vega Cantor, Rebelión).

Estas revueltas se extendieron a Francia con el mismo resultado: una descalificación por parte de toda la sociedad. En 1840 el comunista Etienne Cabet dice: “Las innovaciones no pueden ser demasiado numerosas y si algunos se irritan contra las máquinas es que son víctimas de su ceguera ignorante”. En su libro Viaje a Icaria describe un mundo comunista totalmente mecanizado.
Estas máquinas que debían aligerar la carga de trabajo son, en muchos casos y al mismo tiempo, las que van a permitir esclavizar a más profundidad en las galerías de minas de carbón y empeorar muchísimo las condiciones de trabajo de los obreros.
La energía fósil empezaba a imponer su ley…

La siguiente gran innovación, el tren, extiende su red a todos los paisajes de Europa y del mundo a lo largo del siglo XIX e introduce un nuevo concepto: la velocidad. Ésta se va a imponer en las mentalidades y en el imaginario de las nuevas clases dominantes. La nueva visión del mundo que adoptan estas clases es la de ”Time is Money”(El tiempo es dinero). El AVE es el ejemplo perfecto de esta sumisión a la velocidad.

A lo largo del siglo XIX las potencias europeas ayudadas por las nuevas tecnologías colonizan el mundo e imponen su modelo de sociedad. La colonización y el expolio de los países del sur fueron en gran parte debidos a la diferencia de tecnología entre los países del norte y los del sur.

Uno de los opositores más emblemáticos, esta vez pacífico, a las máquinas y a la velocidad fue Gandhi. Era un gran defensor del telar tradicional. Proclamaba: “Mi objetivo no es destruir las máquinas pero sí imponerles límites”. Su combate por la independencia de India pasaba por concienciar a sus contemporáneos sobre la necesidad de volver a tejer el algodón tradicional y dejar de comprar las telas fabricadas mecánicamente e importadas de Inglaterra. Basaba su resistencia en la no violencia y en el ejemplo, siempre iba vestido de blanco, como los más humildes, y pasaba todo su tiempo haciendo hilo con su rueda de hilar.

Los inconvenientes del progreso
La ideología del progreso nos ha hecho olvidar estas resistencias tempranas a la técnica y al modelo de sociedad que la acompaña.
En la actualidad nuestra sociedad es, cada día que pasa, más industrial, más mecanizada y más dependiente de las energías fósiles y de la tecnología. Los ecosistemas son fragilizados y les cuesta cada vez mas asimilar nuestros deshechos. El calentamiento global debido a las emisiones de gas invernadero amenaza seriamente la calidad de vida en todo el planeta.

A pesar de sufrir numerosas catástrofes que acompañan este progreso, (aunque sea evidente que donde los avances tecnológicos se hacen más sentir, como en las grandes ciudades donde es cada vez es más difícil vivir sin enfermar, se descompone el tejido social y aumenta la miseria -si no es la nuestra, es la de los países del 3er mundo-), está muy mal visto ofrecer resistencias a las innovaciones tecnológicas que nos presentan (cuando no, nos las imponen) porque nos facilitan la vida y nos van a solucionar todos nuestros problemas.
A menudo los efectos colaterales dañinos son minimizados y los opositores o lanzadores de alarma son acosados y castigados en muchos casos.

Alain Gras, sociólogo y antropólogo, profesor en La Sorbonne, tiene muchas dudas con la noción de progreso. Dice en un artículo en la revista L’ecologiste: “Cuando socialmente inventamos los derechos humanos es cuando se cometen las mayores masacres. Cuando la máquina viene a liberar al hombre de las tareas manuales, este mismo se encuentra alienado, como nunca, al trabajo. Cuando la ciencia y la razón proclaman la muerte de dios, se desarrollan los movimientos religiosos más violentos. Cuando la biología proclama que el hombre desciende del mono, las especies animales salvajes son exterminadas y las domésticas tratadas como máquinas y cuando se proclama que la guerra tiene que ser limpia, revela una inhumanidad monstruosa.”

La nueva era
El siglo XX nos ha hecho pasar de redes físicas: las vías de tren, el telégrafo, el tendido eléctrico, a redes virtuales: internet y telefonía móvil. Estas redes nos dan la ilusión de estar conectados con el mundo y de poder satisfacer todos nuestros caprichos. Con un simple clic se puede hacer un pedido a Amazon y será un dron el que procesará el pedido. Este aparente servicio confortable (no hay que moverse de casa) tiene un alto coste: una dependencia total del sistema técnico y pone en evidencia que el ser humano ya no es indispensable.
Cada vez que nos presentamos delante de un cajero automático en el banco, en la autopista o en cualquier otro lugar, podemos imaginar que hay personas que están en paro porque las grandes compañías se han modernizado y han preferido usar máquinas en vez de emplear humanos. En el caso de trabajos peligrosos o muy duros se puede entender pero como sabemos, no son contemplaciones éticas o morales las que están en juego sino más bien sólo razones económicas.

No se puede parar el progreso
Muy a menudo se nos presenta el progreso como algo global. Hay que aceptarlo todo o volver a la edad de las cavernas. Se mete en el mismo saco la máquina de lavar y la bomba atómica.
Todos hemos oído que la tecnología no tiene nada de malo, que sólo depende de cómo se utilice. Podríamos pasar mucho tiempo para encontrar algo bueno en un cañón o una pistola. Los ingenieros inventan sin parar, sin dejar que las razones morales entren en juego. En la actualidad la ética y el principio de precaución son considerados como trabas al progreso. Los industriales, ayudados por los políticos, hacen todo lo que es posible para que la legislación no pueda limitar sus ganancias.

En sus libros El mundo según Monsanto y Nuestro veneno cotidiano, Marie Monique Robin no duda en apuntar a los industriales como responsables de la epidemia de enfermedades crónicas. "Desde los años 80 asistimos en los países desarrollados a una inquietante evolución: aumento de la tasa de cáncer del 40% en treinta años, progresión de las leucemias y tumores cerebrales en los niños de 2% por año, progresión similar en las enfermedades neurológicas Parkinson y Alzheimer y también la misma tasa para las disfunciones de la reproducción". Muestra en su trabajo de varios años, basado en numerosos estudios científicos, que las miles de moléculas que han invadido nuestro cotidiano y nuestra alimentación tienen unos sistemas de evaluación y de homologaciones totalmente defectuosas e inadaptadas. A través de ejemplos como los pesticidas, el aspartamo y el bisfenol A, denuncia las presiones y manipulaciones de la industria para mantener en el mercado productos altamente tóxicos.

Aparentemente los seres humanos no son capaces de controlar la tecnología y de diferenciar lo que serían innovaciones que podrían servir al bien común, de las que son francamente una amenaza para la salud y el medio ambiente. Sus innovaciones en muchos casos carecen de sentido común y sólo sirven para beneficiar al mercado. Sus efectos negativos son devastadores: la tecnología atómica, la manipulación genética, las nano moléculas, los productos químicos, el calentamiento global, etc., hacen que por primera vez en la historia, las generaciones venideras heredarán un mundo en peor estado que el de sus padres.

Antonio Martínez