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Somos lo que compramos

Carboneras, un martes de Julio cualquiera. En el centro del pueblo, al lado de la policía, un edificio luce el nombre de “Plaza de Abastos”. Al entrar, el visitante recibe una imagen desconcertante. Donde esperaríamos encontrar puestos de fruta o pescado, no vemos más que una sucesión de mostradores vacíos, numerados, limpísimos bajo las luces blancas. De pronto, en un rincón florece la vida: una señora con delantal, sentada delante de una selección de frutas y verduras colocadas con mimo. Solitaria y valiente como la última superviviente de una ciudad sitiada.

Nos dirigimos hacia ella, que nos saluda con simpatía, se inclina para ver mejor a nuestro bebé que duerme en su sillita. Compramos un kilo de calabacines (de su huerta, con algunos restos de tierra y tamaño y forma variable) y queremos huevos, pero huevos no tiene hasta el jueves que va al cortijo donde tiene las gallinas. Entendemos su explicación y cambiamos el plan: en lugar de revuelto de calabacín habrá pisto para cenar. Nos despedimos de ella y salimos de la plaza de abastos vacía con esa sensación fría que dan los lugares desaprovechados.


Foto: Mercado de Carboneras © EGR
 

Comentamos que nos gustan, a nosotros y a cualquier turista, visitar los mercados locales: en América Latina son una institución y a menudo el mejor sitio para comer de calidad y barato. El mercado de la Boquería en Barcelona está tan lleno de turistas haciendo fotos que más parece una exposición que un lugar para hacer la compra. A 2 minutos a pie, un supermercado anuncia que está abierto de 9 de la mañana a 10 de la noche. ¿Tendrá el supermercado algo que ver con los puestos vacíos de la Plaza de Abastos?¿Será verdad que allí donde se implanta un supermercado, muere cualquier otro tipo de comercio?

Parece que dentro venden todo lo que podríamos desear y un poco más. Está claro que ahí no tendríamos problemas para encontrar huevos ningún día de la semana. Pertenece a la cadena de gran distribución de alimentos que domina el mercado en España. Este liderazgo les permite (a esta cadena y a las otras 2 ó 3 que acaparan el sector) marcar las reglas del juego, especialmente en relación con los productores. Según un cálculo de 2007 de la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores (COAG), la diferencia media entre el precio que se paga a los productores de alimentos y el que paga el consumidor final es del 390%. Se entiende que, para que los productos lleguen baratos a las estanterías, y las cadenas de distribución obtengan más del 60% de beneficio, el producto debe comprarse a un precio muy ajustado, en ocasiones inferior al coste de su producción. Por si esto no fuera suficiente, y siempre en busca del máximo beneficio, las cadenas de supermercados no tienen reparos en traer alimentos del otro lado del mundo si les sale más a cuenta, dando lugar a situaciones tan surrealistas como encontrar en las estanterías de un supermercado en España naranjas provenientes de Argentina o aceite de oliva de Marruecos.

 
Foto: Mercado de Carboneras © EGR
 

El acto aparentemente banal de llenar el carro de la compra en ese u otro supermercado perteneciente a una gran cadena no tiene finalmente nada de inofensivo. La lista de consecuencias de este acto cotidiano es larga: sobre la despoblación del medio rural (por la desvalorización del trabajo agrícola), sobre el medio ambiente (por la utilización de técnicas agrícolas y ganaderas intensivas, contaminantes y poco respetuosas) sobre nuestra salud (por el empleo de fertilizantes, pesticidas y hormonas para conseguir el máximo beneficio en los alimentos que comemos). Mientras, en la plaza de abastos casi vacía de Carboneras, una señora vende, 10 céntimos más caros que en el súper, tomates de su huerta que no han pisado nunca una cámara frigorífica.

Elegir dónde gastamos nuestro dinero es una forma efectiva de hacer cambiar las cosas que no nos gustan. Cada euro que va a parar a la gran distribución en lugar de a los productores locales refuerza un sistema que hace muy ricos a unos pocos mientras deja una cadena de víctimas a nivel de desarrollo del territorio, de derechos laborales, de protección del medio ambiente, de posibilidad de vida fuera de las ciudades.

 
Foto: Cesta ecológica © EGR
 

Hay alternativas. Durante los meses que hemos pasado en la zona hemos conseguido apenas visitar el supermercado, de acuerdo a la forma de consumir que practicamos cuando vivimos en Bélgica. Una tienda de productos naturales en Carboneras coordina una compra semanal de frutas y verduras ecológicas de una finca cercana. A través de Whatsapp, puedes seleccionar tu compra de entre la variedad propuesta para la semana, y pasar a recogerla los miércoles por la tienda. Otra pequeña tienda local, Agave Green, ofrece algunas frutas y verduras ecológicas (hemos comprado limones ecológicos, del Llano de Don Antonio, más baratos que los limones ordinarios o no-ecológicos). En el mercadillo de los jueves, conviven vendedores que se surten en mayoristas con pequeños productores locales, algunos de los cuales hacen un esfuerzo para cultivar sin usar pesticidas. Hemos oído también hablar de una familia en los Perales que vende la producción ecológica directamente de su huerto, aunque no hemos tenido ocasión de visitarla. Existen seguro otras opciones que no hemos tenido la suerte de conocer. Si nos hemos gastado un euro de más que al comprar en el supermercado, lo hemos compensado ganando en sabor, en salud y en conciencia tranquila.

Fuente: carrodecombate.com

Estíbaliz García-Recio