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ROD AL QUI LAR (página de un diario de verano)

Un pequeño mundo para el hombre, algo así es un lugar. Agua, tierra, luz y compañía. También poder estar solo, solo en el sur. El verano de los niños, las cenas con los amigos, la hoguera y los volcanes nocturnos en la playa. Con muy poco un lugar es habitable.

Los dioses del lugar son una mina de oro, un bar con un motero barbudo, Lola y sus pescados para olvidar a las otras lolas, la posidonia y las piedras que parecen de talco junto al mar oscuro de las noches. Más allá, por una ruta psicogeográfica, el escenario de una tragedia en los centros del amor o el suicidio visual al acercarse al Mirador de las Amatistas. Y las torres de los piratas o esa cárcel del desierto de los tártaros que es el Castillo de los Alumbres. El resto es silencio y rituales de verano: piel, agua, viento y músicas por la noche. Los días son largos y lentos, como son largos y lentos los grillos y los camaleones. En verano llegan periódicos a El rincón de Zaratustra y puedes desayunar en compañía de algunas moscas mientras sigues una actualidad prescindible e inútil: Cristiano Ronaldo de vacaciones en Florida con su novia, un superpibón eslavo; nuevas noticias sobre el reino de los sinvergüenzas; nuevas perspectivas sobre el capitalismo que gestiona nuestras muertes; una nueva estrella, una nueva partícula, una nueva enfermedad. Nada que no sea prescindible e inútil para el dios de este lugar. Mientras aparto las moscas de mi desayuno, pienso que los nombres esconden una memoria y un destino ocultos tras los sonidos. La etimología, ya sea científica o alucinada, nos señala caminos, rutas por las que hemos venido sin saberlo, proyectos de viajes que aún no conocemos. Esta mañana de agosto olvido las páginas del periódico nacional y ensayo una etimología alucinada del nombre de este lugar:

ROD es un fenómeno óptico o una presencia inexplicable, un objeto en movimiento sobre un paisaje que no podemos identificar. Algo así como un ovni que vemos a posteriori en la fotografía o en la película, nunca en la realidad. Suele tratarse de ser un insecto que pasa rápidamente, y sin ser advertido, delante del objetivo de una cámara. Lo que se ve en la imagen tiene forma de vara o barra (rod en inglés). Rod: yo en bicicleta por los desiertos de Rodalquilar.

Foto : © Miguel Gallego Ballester

AL, el artículo árabe, el signo de las palabras árabes en español, el recuerdo de un reino perdido que construía fuentes y palacios junto a la nieve. AL es también el símbolo del aluminio, el alumbre que en la Antigüedad utilizaban para fijar los colores o retardar la descomposición de los cadáveres y que hoy utilizamos en casa como desodorante. Una piedra trasparente y húmeda que sienta bien a nuestras alergias del siglo XXI. El elemento que da nombre a una torre, el recuerdo del pasado minero, el oro, las piedras preciosas.

QUI, pronombre que en esta mañana de Rodalquilar me recuerda el lema de la orden de la Jarretera, “Honi soit qui mal y pense”, que el mal caiga sobre aquel que piense mal. Aunque el mal que nos está cayendo ahora encima viene de haber pensado bien, en este lugar es imposible no pensar bien, es decir, no pensar con una sensatez alucinada.

LAR es el hogar, el lugar del fuego, el dios del lugar para los romanos.
La etimología científica (según, entre otros, Evaristo Ruiz Picón en su libro Rodalquilar. Testimonio de su pasado) nos dice que Rodalquilar es un compuesto de dos palabras árabes: rodal, del árabe rutba, lugar o sitio pequeño que por alguna circunstancia se distingue de lo que le rodea, y quilar, del árabe querab, algarrobo. El lugar de los algarrobos, cuyas semillas servían para pesar el oro y saber sus quilates. Ahí no acaba la obsesión etimológica, porque el nombre sigue jugando con el alquiler de la casa que busco cada verano, el dinero, el oro, las ágatas, las amatistas, el alumbre de la barra (rod, en inglés) del desodorante hipoalérgico que usamos en casa.

Rodalquilar y los pequeños dioses del lugar. A uno de esos dioses dedicó Valente un libro, uno de mis preferidos. Valente tenía una relación alucinada y etimológica con los lugares. Yo me declaro, desde esta mesa de madera donde desayuno, junto a la rambla de Rodalquilar y aceptando a las moscas, un alucinado y etimológico buscador de dioses en los lugares. Antes de volver a casa e iniciar los rituales del verano, voy a copiar en este diario un poema de ese libro de Valente (Al dios del lugar, 1989). Parece que hoy hace viento en El Playazo y habrá que descubrir nuevas calas. Rodalquilar tiene un dios en demolición que es eterno para el tiempo de los humanos.

El sur como una larga,
lenta demolición.

El naufragio solar de las cornisas
bajo la putrefacta sombra del jazmín.

Rigor oscuro de la luz.

Se desmorona el aire desde el aire
que disuelve la piedra en polvo al fin.

Sombra de quién, preguntas,
en las callejas húmedas de sal.

No hay nadie.

La noche guarda ciegas,
apagadas ruinas, mohos
de sumergida luz lunar.
La noche.
El sur.

Miguel Gallego Roca