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El turismo que se nos viene encima

Dice el refrán que cuando las barbas de tu vecino veas quemar pon las tuyas a remojar. Si nos fijamos en lo que ha ocurrido en estos últimos años en toda la costa mediterránea española es para echarse a temblar: la masificación turística, la saturación del espacio, el descontrol urbanístico, la alteración total del medio ambiente, el afeamiento del entorno, la contaminación, el ruido, en fin, la pérdida de calidad de vida y la destrucción de la identidad y los valores propios de cada lugar. De eso saben mucho más que nadie los habitantes de la zona costera mediterránea de este país.

El turismo es la última gran revolución, un fenómeno implacable que está cambiando el mundo. Pero hay distintas formas de turismo.

Hasta ahora Las Negras ha sido un lugar privilegiado, los vecinos que provienen de fuera del Parque Natural lo saben, y por eso han venido a vivir aquí. Hemos tenido también la suerte de acoger a visitantes, por lo general, creo que bastante respetuosos con la naturaleza, las costumbres y el ritmo propio del lugar, pero otra clase de turismo se nos viene encima. La industria del ocio ya ha puesto su peor mirada aquí y pretende introducir en masa un turismo agresivo de pocos días que no se adapta al lugar, sino que impone sus maneras, su prisa y su violencia; un turismo irresponsable que no mide ni asume su propio impacto.

Un turismo sin clase que, según dicen algunos, nos hará ricos a todos. Pero ¿a qué precio? No caigamos en la trampa.

Sabemos que al final el dinero se lo llevan cuatro especuladores que a cambio nos dejan un paisaje de ladrillo, de construcciones fantasma, de obras interminables y desatinos arquitectónicos que rompen el encanto de estos “pueblos de ambiente pesquero”, como se atreven a anunciar en su misma publicidad.

¿Cómo permitimos que nuestros representantes públicos pongan la imagen de nuestro propio pueblo en manos de empresarios que todo lo ven del color del dinero, que ni siquiera se toman la molestia de construir con un mínimo de consideración estética, sino que en el colmo de la indecencia proyectan una arquitectura de maqueta desde sus oficinas para traerla aquí sin preguntarnos cómo lo vemos?

Así se nos ha quedado esta rotonda, que es el hazmerreír de cualquier visitante. O el horripilante centro comercial, donde los turistas se encuentran exactamente igual que en su propia ciudad, de la que huyen en vacaciones. Al menos en Carboneras plantan árboles, pero parece que aquí a alguien le dan miedo las zonas verdes. Y mientras, seguimos sin escuela y sin farmacia.


Foto: Camino de la playa y entrada de Las Negras, © AP
 

Desconfiemos de quienes están locos por modificar a toda costa el mapa físico y humano de Las Negras y diseñan políticas excluyentes de limpieza ética contra quienes piensan y viven de manera diferente a ellos. No creo que debamos permitir que actitudes irresponsables de este tipo se impongan entre nosotros -por mucho que puedan venir de representantes públicos- y lleguen a alterar la convivencia entre todos los vecinos. La variedad de ideas y maneras de vivir es algo que sí que nos enriquece como personas y que forma parte ya de la singularidad de Las Negras.

Está visto que de esta transformación salvaje que se avecina no se salva ni lo que es un elemento propio de este lugar, y que incluso puede que dé nombre a la población: las piedras negras de la orilla. Taparlas con arena para modificar la playa no hará más que acelerar la llegada del turismo-avalancha.

Una cosa más: nuestro pueblo y nuestro entorno ni siquiera nos pertenecen a quienes vivimos aquí, sólo tenemos la obligación moral de no dejar que lo arruinen. Reflexionemos y opinemos sin ningún tipo de miedo para el bien de Las Negras, es un ejercicio muy sano.

El nuestro, vecino, es un paraíso cada vez más perdido. No digas que no te lo dije.

Jesús Gázquez

 

Retrospectiva en negro

Llegamos a Las Negras dando un salto hacia adentro del Cabo, como quien, yendo paso a paso, detecta en su camino una estrella a seguir y la pisa. Así hemos topado con un pueblo cuya leyenda sobrecoge a quien la escucha.

Se cuenta que hace menos de un siglo, “las negras” emigraron de San Pedro a esta pequeña vecindad de cuatro casas entre almacenes de aperos para pesca y labranza. Estas mujeres se vieron obligadas a cambiar de pueblo cuando en una noche el mar las dejó viudas. Unos dicen que fue un temporal de viento del sureste que luego cambió a sur. En San Pedro llegó el agua hasta el castillo y en Las Negras un barco de tres palos tuvo que ser recogido de lo que es ahora el bar Káter de Gata. Uno se puede imaginar, entre gritos y llantos, la peregrinación de estas mujeres cuyas prendas de luto dieron nombre a su pueblo.

Pero la historia de Las Negras, como aquí todo, es equívoca. De boca en boca hasta mis oídos llegan tres versiones. La primera la he contado ya, la segunda tal vez sea muy probable, pues se trata de un dicho, y es “que las pasas negras” del camino que va de un núcleo urbano a otro, cargando con los trastos, las mulas y los niños, tanto en el caso de los hippies que lo habitan ahora, como los san pedreros que vivieron allí hasta hace cincuenta años.

 
 

La tercera versión, la más exótica, se remonta al siglo XVIII. Cuentan que un barco de esclavos africanos atracó en estas tierras yendo a parar al conocido Barranco de Las Negras. En tal vergel, los negreros de entonces, en pago por las atenciones prestadas por un pastor, le entregaron a éste dos esclavas mulatas y su hacienda tomó el nombre de “Cortijo del Barranco de Las Negras”. Tal vez sean estas mulatas las madres de este pueblo, cuya fundación coincide, en unas cartas de navegación, con el siglo citado. Lo cierto es que aquí todo tira al negro, pues hasta el basalto con que están formadas las rocas volcánicas de los alrededores es de lo más negro.

Pero la socarronería que gastan los negrenses, hace pensar que decir la verdad es romper el misterio. De cualquier forma, todo esto aclara la importancia que la mujer ha tenido en este territorio desde la antigüedad. También el coraje femenino de quien ha de enfrentarse a las adversidades para salir adelante.

Foto: Cala San Pedro, © MA

Dadas las tres leyendas que conforman la historia de Las Negras, podemos ser testigos de la evolución de este pueblo ya en pleno siglo XXI. Si hace poco surgía entre estas tierras áridas y apartadas del mundo, mucho cemento ha llovido ya. Esta antigua aldea de cuatro casas entre almacenes de esparto y aperos de labranza, se ha convertido en uno de los principales reclamos turísticos del parque natural.

Se entiende que sus habitantes lo hayan querido así, pues como relataba un octogenario vecino horticultor, su padre le contaba que entre los veintitantos que perdieron la vida en el penoso naufragio, se encontraban tres tíos suyos. “No te eches a la mar, hijo mío, que sólo da problemas, tú quédate en la tierra”, le imploraba su padre. Y así ha sido en su caso.
Pero muy pocos de los antiguos huertos permanecen. De hecho, las nuevas generaciones no entienden de lechugas. Donde antes cultivaban tomates y verduras ahora crecen pisos. Las grúas se levantan con el sol y se acuestan temprano. En estas fechas se apresuran para tenerlo todo listo de cara al verano. Se escucha el mar de fondo mezclado con los motores de las máquinas y los golpes metálicos de las enormes vigas.

Si salimos de aquí dando un paseo hacia el antiguo emplazamiento de Las Negras, pasados unos tres cuartos de hora llegamos a la cala de San Pedro.

Aquí, donde hasta pasada la 2ª guerra mundial habitaban algunos de los vecinos que aún viven, están ahora los hippies. Tal vez hasta a ellos mismos les suene mal esta palabra anacrónica y despectiva para muchos, pero no cabe duda de que ellos son el paradigma humano de esa forma de vida antigua en armonía con la naturaleza. Gracias a un caño de agua que mana todo el año, esta gente, igual que los abuelos que antes lo habitaban, logran proliferar en un entorno austero. Desde hace unos años se han organizado para repartirse las tareas de la limpieza de la playa (tanto de su basura como de la que otros dejan), el cuidado de las plantas, la preparación del pan, la elaboración de sus artículos de artesanía, etc. Viven en sus pequeñas chozas de material orgánico camufladas entre la rambla y las cuevas de la zona. Al fin y al cabo son, aunque vengan de fuera, unos turistas cuyas formas de vida son las más parecidas a los habitantes de antaño. Según escucho, a esta gente le han dado un mes para largarse de San Pedro.

Sea no por tradición sino por devoción mi apoyo a estos excluidos. Si uno se las ve negras para sacar en claro algo sobre el pasado de este pueblo, ¿a qué sabrá la historia negrosanpedrera cuando meta su zarpa la “civilización” en este paraíso?

Leónidas Gómez Montoto