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Viaje literario por el Parque

Estamos en 1909. Carmen de Burgos confinada en la Escuela Normal de Toledo, como si estuviera en el exilio. Juan Ramón en su Moguer del alma, pero ambos alejados del lugar de la lucha del modernismo: Madrid. Entre ellos existía una estrecha relación desde 1903 cuando colaboran en revistas como Helios, coincidiendo con la presencia de Carmen en Guadalajara, pero con residencia en la capital. La situación de ambos escritores es dramática, aunque pronto ella conseguiría volver a la Escuela Normal de Madrid y Juan Ramón se incorporará a dicha ciudad tres años después. El interés de esta relación obedece a las cartas cruzadas entre ellos, en las que, sobre todo, ella va dando cuenta de sus proyectos literarios. Así para Carmen es el momento en que escribe su primera novela en largo. Hasta ahora había publicado una colección titulada Cuentos de Colombine y artículos de opinión en la prensa (Diario Universal, Heraldo de Madrid). Precisamente esa novela era Los inadaptados (1909), inspirada por sus recuerdos infantiles, desde la distancia nostálgica de una felicidad perdida, ambientada en Rodalquilar (Almería). «Una novela grande, una novela realista de la gente de mar de Almería, de aquella vida que yo conozco bien... Será una revelación».

Foto: La Isleta, © MS
 

Su estilo literario sigue las huellas de los grandes maestros del realismo y el naturalismo español (Pereda, Alarcón, Palacio Valdés, Clarín, Galdós, Blasco Ibáñez y, sobre todo, Emilia Pardo Bazán). El lema que defiende por entonces dice «Arte y Libertad» y considera que «La Salvación de España está en enseñarle al pueblo a sentir el Arte», por ello necesita dar el salto del cuento breve a la novela en largo, pues encuentra en esta última que «sin apartarse de la realidad puede ser la educadora y la maestra de toda una época».

Este espíritu regeneracionista lo comparte con todos aquellos poetas y escritores alineados en las filas del modernismo, desde el maestro Rubén Darío hasta Juan Ramón Jiménez, pasando por Francisco Villaespesa, y otros poetas almerienses (Durbán, Aquino, Ledesma), Salvador Rueda, Enrique Díez-Canedo, y los jóvenes novecentistas Ramón Gómez de la Serna, Rafael Cansinos Asséns, el poeta canario Tomás Morales o el escultor Julio Antonio. Es entonces cuando se dirige en carta a Galdós, solicitando su consejo sobre la novela en largo.

Todo el proceso de escritura de Los inadaptados ocupa desde 1906 a 1909, coincidiendo con su estancia como docente en la Escuela Normal Superior de Maestras en Toledo. Pero será en Madrid, durante los meses de septiembre y octubre, tras haber permanecido unos días en París, cuando decida encerrarse en su domicilio madrileño para «sacar adelante los borradores de la tantas veces aplazada novela, de la que ya tengo título: Los inadaptados. Se la quiero dedicar a Ramón». «Días de claustro y noches de insomnio logran consumar el parto». La autora incluye dos textos interesantes. Unas «Palabras» a modo de prólogo, y unas «Últimas palabras», a modo de epílogo, este último dedicado al responsable del ministerio de instrucción pública que la destinó a Toledo; a esta desagradable, y para nosotros afortunada, circunstancia achaca irónicamente haber favorecido la escritura de la novela.

El argumento se inicia in media res para favorecer la intriga que se desarrolla en el Valle de Rodalquilar. El naufragio del buque Valencia en 1892, además del Persian y posteriormente el Alicante (debo estas precisiones históricas a la tarea documental de Mario Sanz), actuó de fábula mítica catorce años después para que la joven Carmen (nacida en 1867) incorporara este hecho verídico a su novela en largo. Creemos que la relectura del Quijote, cuyo aniversario se celebró en 1905, influyó en la decisión de Colombine de acometer dicha empresa pertrechándose de todas las armas ensayadas en el cuento y novelas cortas publicadas en el volumen Cuentos de Colombine. Además recurrió al bagaje de los recuerdos más profundos vinculados con sus antepasados (su bisabuelo, sus abuelos) y su entorno físico (Rodalquilar, La Negras, Las Hortichuelas, Níjar, las calas circundantes, la flora, los cortijos, los dueños de los mismos, las costumbres). El espacio es necesariamente modernista y naturalista, es decir, estéticamente representa el paraíso por su naturaleza primitiva (exotismo) en continua adaptación al medio (positivismo). Ahí debemos buscar el significado del título: ¿quiénes son los "inadaptados"? ¿Los seres explotados y aferrados al terruño, aunque les sacuda los vaivenes de la historia? ¿O los seres de ciudad que viven de las rentas o del contrabando con apariencia de señores? Es cierto y poco señalado que este tema se trató durante el siglo xvi en los escritos de Fray Antonio de Guevara quien «dialogaba» entre el menosprecio de corte y la alabanza de aldea; también los ilustrados (Cadalso, Jovellanos) trataron el tema (y perdura en el siglo pasado en el movimiento de los hippyes y las comunas, hasta hoy). El naturalismo de Pardo Bazán, Clarín y, sobre todo, Blasco Ibáñez favoreció la mirada «positivista» de Carmen, quien deja al lector la solución al enigma planteado en el título.

«Aquel día, el tiempo espléndido parecía infiltrar un aliento juvenil en el cuerpo de los dos viejos compañeros; ambos caminaban de prisa, bordeando el barranco del Granadillo, para llegar a las casas de los Chafinos. El sol caía retratando su disco en los guijarros para hacerlos brillar como si cada uno fuese un pequeño astro; fastuoso gran señor, quebraba los rayos en las aristas de las piedras encendidas en chispazos de luz y vestía de raso el verdor de la hojarasca».

A continuación nos describe una vegetación «lujuriante» formada por plantas de tallos rectos y largos, coronados de flores (palmas, atochas, romeros, tomillos, mejoranas, cantuesos y, por otro lado: cardenchas, adelfas, cañales, juncos, carrizales, álamos) que convive con la vegetación de aspecto «indígena» (atochas, palmas, torviscos, nopales) entre la que destacan las «cenicientas pitacas, cuyas varas de cinco metros de altura, se abrían en las ramas enormes de sus flores, parecidas a los brazos de un Indra gigante, que tendía las palmas de las manos hacia lo desconocido, esparciendo en la atmósfera los gérmenes fecundantes de la creación».

La misma mirada descriptiva despliega en la caracterización de los personajes, especialmente los principales, quienes mediante sus actos y palabras revelan su condición social. Reproduce el habla andaluza del levante en diálogos vivaces y sentenciosos, intercalando expresiones coloquiales y arcaísmos conservados en los personajes del pueblo: jeringoncias, priesa.
También resulta exhaustiva la descripción de los campos y cortijos de Níjar, los que hoy son sus barriadas y entonces eran núcleos dispersos de población en torno a los cortijos principales: La Unión, Los Peñones, y próximos a los pozos de agua: el Estanquillo, el del arenal y la Noria de Cardona.

Resultan inestimables las noticias dispersas con que va entreverando su narración con la descripción de costumbres populares: gastronomía, bailes, caza, baños en la playa. Así describe la costumbre anual de las familias en acompañar a las bestias al baño a comienzos de septiembre. Cuando la comitiva de mujeres, niños, hombres y animales llegó a la costa, se encontró con lo siguiente:

«La playa no estaba sola; en el centro un cordón de pescadores de Carboneras, vestidos con calzones rojos y amarillos, tiraban encorvados de la enorme maroma que iban enrollando en forma de cubo al extremo del arenal, para sacar la jábeca. Aún tardaría el copo, pues la barca permanecía lejos de la orilla y las boyas de piel de cabra, hinchadas de aire, se mecían sobre el lomo de las olas como monstruos marinos».

No desdeña, por otro lado, ofrecer noticias geológicas, que influyeron en el naufragio del Valencia, como la siguiente: «la escarpada ladera del cerro de Los Lobos dejaba rodar piedras pulimentadas por el tiempo, que caían desde la enorme altura del cortado al agua con el isocronismo de los granos de un reloj de arena. Así habían ido rellenando el mar para formar la playa de Peñas Roas, inhospitalaria y terrible, con su continua lluvia de piedras». No obstante el capitán quiso virar hacia la izquierda, pero se encontró con «la saliente punta del cerrico del Romero» que «lo hirió en medio de la quilla con su puñalada de piedra». Y no olvida la fauna marina «Era aquel el lugar de refugio de los lobos y tigres marinos que cruzan el Mediterráneo... Para aventurarse a entrar era preciso aprovechar los días de bonanza; cuando el viento hacía subir las olas, la base de la Polacra y la entrada de la cueva quedaban escondidas en el mar». Incluso aporta leyendas sobre barcos embarrancados en los Escullos y el miedo de la tripulación inglesa «al pasar aquella costa abrupta, donde aún moran en estado primitivo descendientes de un pueblo de corsarios y contrabandistas».

En el desarrollo de la trama se observa el interés social y el tono regenerador que la autora quiso hacer notar en su novela. Sobre una base realista se superpone la denuncia de la opresión que ejercen los poderosos sobre un pueblo aferrado a las labores primitivas de pastoreo, pesca y agricultura de subsistencia. Unos seres expuestos a la emigración hacia las costas africanas, sobre todo las colonias francesas, y entregados a la voluntad de los amos que hacían y deshacían a capricho.

Un valioso documento homenaje a Rodalquilar, que «tiene su historia, una historia borrosa que se confunde con la leyenda». Sin duda, Carmen de Burgos, «Colombine», con esta obra eleva el explotado filón natural de Rodalquilar a categoría de Arcadia deseada y paraíso literario.

Miguel Galindo