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La risa de la piedra

Caminaba despacio y ardiendo
cuando se detuvo justo allí
donde las olas muerden de azul.

Allí bostezó el vómito de fuego,
y la gran roca, ese elefante
que hoy duerme, hundió su piel
en el agua, se llenó la boca
de levante y de aves como horizontes
y, de pronto, rió.

A espaldas de esa risa todo es sueño:

Foto: El Morrón con su "mascarrón de proa", © NC
El garfio exacto de arena que acuna la bahía,
la luz crujiente,
estas gafas de reloj y humo, las horas tan blancas
como el blanco muerto de las siemprevivas,
y las huellas de tu mirada en la misma duna
que acarició los tobillos del último mercader de alumbres.

Y es sueño el volcán callado tras el temblor de una amapola,
el ejército de jirafas que clava los agaves,
y el romero en el ocre de la brisa,
y las colinas quietas, vigilantes del silencio.

Detrás de aquella risa el acantilado sueña
espadas negras de basalto, ágatas al cabo
de riscos como gruñidos, peñas con piel
de gorila, catedrales de tierra rota
y limbos y pétalos naufragados.

Allí donde la gran roca sueña y se ríe,
dice el aire que aquello, aunque se llame mar,
no tiene nombre, y todo parece vapor, guiños
de un eclipse, mientras la piedra respira, párpados
adentro, sobre una alfombra de palabras de luna.

Nestor Carmona