Cartas y opiniones

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El paraíso donde los gatos mueren de hambre

El Cabo de Gata. Solo el nombre evoca imágenes de belleza natural, mares cristalinos y un entorno protegido de alto valor ecológico. Pero, paradójicamente, este paraíso del sureste de Andalucía es también escenario de una situación profundamente triste: la de los gatos callejeros que vagan enfermos, hambrientos y desamparados por los pueblos del Parque. Una ironía cruel que el nombre no consigue disimular: el «Cabo de Gata» se ha convertido, para muchos felinos, en un lugar de abandono más que de refugio.
La raíz del problema no es nueva ni desconocida. Desde hace años, vecinos y asociaciones advierten de la necesidad urgente de aplicar el programa CER (Captura, Esterilización y Retorno), la única medida ética y eficaz para controlar las colonias felinas y garantizar el bienestar animal. Sin embargo, el Ayuntamiento de Níjar, responsable de la gestión del territorio, sigue mirando hacia otro lado. La excusa es siempre la misma: la complejidad que supone intervenir en un espacio tan extenso y disperso como el Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar.

Foto: Gatos del Parque © OM

A comienzos de febrero de 2025 parecía abrirse una puerta a la esperanza. Se organizó una reunión con el Colegio de Veterinarios de Almería con el objetivo de coordinar un plan de acción. Pero aquel encuentro, lejos de ser el inicio de una solución, terminó en decepción. Al constatar la magnitud del problema —decenas de colonias repartidas por todo el territorio—, las autoridades optaron por la vía más fácil: dilatar el proceso y, en la práctica, desatenderlo. Ni recursos, ni campañas, ni colaboración real. Todo quedó en papel mojado, pese al estudio detallado que presentó uno de los veterinarios más activos de la zona, quien lleva años trabajando con el propio Ayuntamiento.
Mientras tanto, la situación sobre el terreno es desgarradora. Los vecinos y cuidadores voluntarios, que con sus propios medios intentan alimentar y proteger a los animales, viven en constante tensión. Sin una coordinación oficial ni apoyo económico, los enfrentamientos y la desinformación se multiplican. Algunos defienden la vida de los gatos; otros los consideran un problema. Y en medio de ese conflicto humano, son los animales quienes pagan el precio más alto.
Cada día, los visitantes del Cabo de Gata —muchos de ellos turistas extranjeros atraídos por la promesa de un entorno natural «protegido»— se encuentran con una estampa que nada tiene de idílica: gatos famélicos buscando comida entre los contenedores, cachorros enfermos escondidos bajo los coches, miradas tristes pidiendo ayuda en silencio. Una imagen que contradice por completo la idea de sostenibilidad y respeto ambiental que debería caracterizar a este espacio natural único.
El Ayuntamiento de Níjar, principal responsable de esta situación, no puede seguir escudándose en la falta de medios o en la complejidad del territorio. El bienestar animal es también una cuestión de imagen pública, responsabilidad ética y salud comunitaria. Desatender a los gatos del Cabo de Gata no solo perpetúa su sufrimiento, sino que mancha el prestigio de uno de los destinos naturales más emblemáticos de España.
La ironía es amarga: un lugar que lleva el nombre de los gatos —aunque sea una evolución lingüística de la palabra «Ágata»—, pero que los condena al abandono. Cabo de Gata debería ser un símbolo de convivencia entre naturaleza, personas y animales. Hoy, tristemente, es el reflejo de una negligencia que duele y avergüenza.

Pita Pérez

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