Lijo, un olvidado muy en boga

Ya pasados los intensos días de verano, las playas del Parque han vuelto a su calma. Conforme se van vaciando lentamente de personas, en las orillas se acumulan las hojas de lijo, sin que se escuchen las quejas de los menos conocedores de este medio litoral sobre lo incómodas que son estas algas o lo raro que huelen.

Son cada vez más las personas que saben que estas hojas acintadas pardas no son de algas, sino de una planta marina, Posidonia oceanica, la posidonia, alga de vidrieros o lijo, como se la conoce por estas costas. Y que saben que estas plantas son verdaderas fanerógamas, con rizomas, raíces, hojas, flores y frutos, que bajo el mar, con su lento crecimiento van conformando extensas praderas muy estables que pueden alcanzar edades milenarias.

Sus rizomas pueden superar el metro de longitud y crecen tanto verticalmente como de forma horizontal, recubiertos de los restos de las hojas, las raíces sin embargo son más cortas, de hasta 15 cm. Las hojas, que pueden crecer hasta los 140 cm, aparecen anualmente en número de 7 a 9 con una vida media de un año. En su crecimiento, la parte distal es la más vieja y por ello es la que más sufre el efecto del ramoneo de los peces y la que muestra mayor superficie colonizada por diversidad de pequeños organismos epífitos.

Foto: Hojas de lijo en Los Escullos © Diego Moreno

En su ciclo de vida, el lijo se reproduce fundamentalmente de forma asexual a través de sus rizomas. La floración, cuando ocurre, que no tiene por qué ser todos los años, se produce entre septiembre y noviembre. Sus flores hermafroditas se agrupan en inflorescencias de 3-4 flores y la polinización se produce bajo el agua. Si la fructificación sigue su curso, tras unos cuatro meses los frutos, conocidos como olivas de mar por su aspecto, saldrán a flote durante unos días para finalmente hundirse e intentar enraizarse. En ocasiones llegan a la orilla, y es cuando con suerte, podremos observarlos. Pero el éxito de la reproducción sexual es realmente bajo, la predación y el aborto de flores y frutos provocan que solo el 2-3% de las flores produzcan semillas a lo que se suma la dificultad de lograr enraizarse de forma eficaz.

Al igual que ocurre fuera del mar, las praderas presentan un marcado ritmo estacional y en otoño e invierno las hojas van finalizando su ciclo de crecimiento. Coincidiendo con el inicio de la época de temporales, ya muy deterioradas y casi completamente recubiertas por múltiples y diminutos organismos, se desprenden y comienzan a acumularse en las playas. En estos arribazones llenos de vida se diferencian restos de hojas, rizomas más lignificados (conocidos popularmente como gallos) y también unas curiosas pelotillas que no son más que las fibras de los rizomas y restos foliares modelados de forma esférica por el vaivén de las olas.

Las praderas de lijo (y de otras fanerógamas marinas), como los bosques terrestres, desarrollan funciones ecosistémicas beneficiosas para el medio marino y el litoral y por tanto para las personas que con él nos relacionamos. En sus hojas encuentran cobijo y alimento muchos organismos, sus arribazones estabilizan las playas al reducir la erosión provocada por la embestida de los olas, aumentan la transparencia de las aguas al retener partículas finas en suspensión y han resultado ser unos importantes sumideros de carbono azul que queda fijado en sus cepas de más de un metro de profundidad (se estima que en el Parque se acumulan 2,7 megatoneladas de CO2 en esta franja).

Agresiones como algunos tipos de pesca, obras de infraestructuras litoral, la creciente contaminación marina o el atraque de embarcaciones sobre las praderas ejercen una elevada y creciente presión sobre estas formaciones cuyo ritmo lento de crecimiento dificulta enormemente su recuperación.

A la vez que avanzan los conocimientos científicos en torno al funcionamiento de las praderas, los antiguos saberes, los usos y procesos tradicionales en esta comarca ligados al lijo van olvidándose.

¿Qué usos se le han dado a esta planta en el pasado? Sus restos abundaban en las costas cercanas a las praderas y se empleaban en las construcción de las cubiertas de las viviendas, ocasionalmente como forraje para animales, para abonado de huertas y mezclados con cal en tareas de construcción. Los gallos constituían un combustible perfecto y si no se disponía de otro material mejor, el lijo se empleaba de relleno de colchón.

En este último caso, los habitantes del entorno se aprovechaban de los restos de lijo que las resacas y temporales depositaban en las playas, lo amontonaban lejos del agua y lo dejaban secar. Para favorecer el secado volvían todos los días a voltear los montones hasta que ya estaba seco, y con el producto resultante rellenaban los colchones.

Al dormir en colchones de lijo, el olor a mar se quedaba impregnado en la ropa. Desprender este olor era una seña de identidad negativa, ya que los habitantes de la costa estaban mal considerados por los del interior.

Foto: © Daniel y Maria Matas Casado

Con este ejemplo os invitamos a indagar sobre los saberes tradicionales relacionados con el lijo, recopilando experiencias y conocimientos de quienes hicieron uso de él en épocas donde la escasez era determinante para el aprovechamiento de los recursos naturales del entorno más próximo. Si además queréis compartir vuestros aprendizajes con nosotros, podéis hacerlo en la dirección de correo del Jardín Botánico: jbotanico.albardinal.cagpds@juntadeandalucia.es

Jardín Botánico El Albardinal
Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo sostenible