Viaje literario por el Parque

De poeta nacional a poeta nacional: de Ángeles Mora para Luís García Montero, con toda la mar en medio.

En el número de otoño-invierno (2012) de la revista granadina de Artes y Letras Entre ríos, se dedica un especial monográfico sobre Luis García Montero con el título «Territorio cómplice». Colaboran todos los amigos, entre ellos el profesor Juan Carlos Rodríguez y este magnífico poema de Ángeles que reproducimos a continuación:

Mar tranquilo
(Un día feliz)
Para Luis,
un recuerdo desde mi Mediterráneo
hasta su Atlántico.

Esta mañana el mar se posó suavemente
en mis tobillos como un perro amigo
que me quisiera acariciar,
lamerme las heridas,
subirse a mis rodillas.
Qué raro, ayer, sin ir más lejos,
estaba hecho una fiera,
embistiéndome loco, queriendo revolcarme
en la arena, imponiendo su ley.
Hoy era un lago con orillas de espuma
y olas rizadas, sucesivas,
yendo y viniendo a mí, conmigo.

Siempre el Mediterráneo me regala,
muy suyo, alguna perla que escondía
en los azules ojos del verano.
De repente, al abrirse la mañana
sonriendo,
aparece el auténtico lujo:
un día de amorosa tregua,
inesperado, único,
donde el fiero guerrero de las olas
se remansa
con su encantada nadadora.

Aguas tranquilas, misteriosas, miro
tu extensión plateada,
tu calma tensa, mar.

Nadie en la orilla.
Parece que algo ha de ocurrir.
Y creo ver de lejos,
transparentes, radiantes,
las diosas que surgían de tus brazos
en tiempos que hoy no existen.

¿Es sólo un espejismo
o es tu memoria que aún las sueña?

Foto: Playa de Carboneras e Isla de San Andrés © Juan Manuel Jérez Harnández

Llama la atención la dedicatoria que nombra los límites del «territorio cómplice»: mar Mediterráneo, océano Atlántico. Y aún hay más: los posesivos “mi” y “su”, que impregnan la dedicatoria de afectividad y sentimentalidad. En efecto, las tranquilas aguas del mar interno, greco-latino, cuna de la civilización, frente al océano abierto a descubrimientos, azotando las costas de Cádiz, Rota, Tarifa. En definitiva la geografía marítima de Andalucía, sentida, sensitiva, estableciendo puentes desde la amistad profunda de mar a mar.
En pocas ocasiones Luis poetiza sobre el mar. Por ejemplo en Luna del sur, recuerda sus vacaciones adolescentes en Motril; después en Habitaciones separadas trata el tema de «Primer día de vacaciones» que concluye con esta, afortunadamente, no noticia: «En el periódico/ el nombre del ahogado no era el mío».
En contraste, Ángeles rememora un día feliz, un mar tranquilo, amable, que se aduerme lamiendo nuestros tobillos. A fin de cuentas el Mediterráneo tiene el pedigrí de la mar divina, mientras el Atlántico es un océano peligroso. Ambos poetas así lo constatan.
El poema de Ángeles es una oda a esta costa levantisca para atraer al amigo hacia un día soleado, ante un mar afable y una ensoñación helenística, clásica. Para ello destaca con mirada dialéctica «esta mañana, hoy», pero también «ayer», entre ambos momentos la furia del levante golpeando la costa y la calma chicha posterior cuando pasa la tormenta. Ahí está la poeta para registrar, estampar el momento e instante definitivo: una perla con ojos azules de verano que le regala el Mediterráneo.
Para ilustrar este poema viene a propósito el Cuaderno de Acuarelas. De Mojácar a Cabo de Gata (2002) de la artista Menchu Gómez Martín, que interpretan ese mar amigo con pinceladas que recorren los parajes emblemáticos del Parque Natural. Nombran y dibujan los espacios señeros de esta extensa costa, según una orientación de norte a sur: Mojácar, Macenas, Sopalmo, Carboneras, Mesa Roldán, Agua Amarga, Fernán Pérez, Cortijo del Fraile, San Pedro, Las Negras, Rodalquilar, La Isleta [del Moro], Los Escullos, San José, Genoveses, Mónsul, Cabo de Gata. Siguiendo la línea de costa, el Mediterráneo baña sus orillas. Es el territorio «cómplice» de levante. Mar amigo, apacible que invita a un día feliz.
Y entre soledades Luis concluye el último poema de Luna del Sur y primero de Rimado de ciudad con estos versos pertenecientes a «Espejo, dime»:

porque esto es la poesía : dos soledades juntas
y una verdad que ordena tu vida con mi vida.

De ahí la interrogación final de nuestro poema, donde Ángeles apela a la memoria para rellenar el hueco entre un mar y un océano: no es un espejismo, es tu memoria que aún las sueña. Se trata de la playa del Lancón, en la bahía de Carboneras, protegida por la punta de la Galera y su torre vigía, una mañana feliz con un mar de ensueño donde la poeta imagina sirenas nadadoras, náyades de los ríos, ninfas de los estanques apacibles. Entre soledades cómplices la poesía dice su verdad y el Parque Natural es su testigo.

Miguel Galindo
Colaborador del equipo de redacción del Eco del Parque

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